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PARA LA LUCHA NACIONAL, EDUCACIÓN PARA LA LUCHA

VIOLENCIA Y REVOLUCIÓN


«En las escuelas de un Estado nacional habrá de dedicarse más tiempo al ejercicio corporal. No deberá transcurrir un solo día sin que un muchacho no consagre al menos una hora al adiestramiento físico, así de mañana como de tarde, en forma de juegos y de gimnasia. Hay un deporte en particular que no se ha de excluir de ninguna manera: el boxeo. Apenas si es posible creer lo falsas que son las ideas imperantes sobre éste entre las personas «educadas». Suponen tales personas que es natural y honroso para un joven aprender esgrima y batirse en duelo, pero mirar como una grosería el boxeo. ¿Por qué? No existe deporte alguno que estimule tanto como éste el espíritu de ataque; requiere una decisión rápida como el relámpago y templa y agiliza el cuerpo. Y el hecho de que dos jóvenes resuelvan sus disputas trenzándose a puñetazos, no es en modo alguno más grosero que sí lo hicieran empleando al efecto una pulida hoja de acero».

Adolf Hitler, MI LUCHA (Mein Kampf: discurso desde el delirio). Colección «Ave Fénix Histórica» nº16, Barcelona, año 2003. Pág. 142. Traducción de Sandra Schenker.



El fragmento que habéis podido leer al principio es uno de los muchos que me llamaron la atención del libro de Adolfo. Dicen que es un libro aburrido, espeso, pero a mí me divirtió bastante. Léanse "El Capital" de Marx, o hagan el intento, y se adentrarán de lleno en un lugar farragoso, árido y aburrido. Las comparaciones son odiosas, lo sé, y no crean que hago este cotejo y esta crítica a la obra cumbre de Marx por pura animadversión al marxismo y a sus hijos ideológicos, ya que cualquier comunista o socialista marxista con la suficiente objetividad dirá que ese libro es como he dicho: farragoso, árido y aburrido. Sin embargo, el libro de Adolfo es más entretenido. No es que sea una novela de Charles Dickens, pero desde luego se puede leer, se puede leer sin caer en el hastío más absoluto o en el sueño más apacible... o desapacible. No me dan sueño sin embargo muchos libros anarquistas. Recuerdo la lectura hace unos años de 'La Conquista del Pan', del ruso Piotr Kropotkin, que me gustó mucho, o de alguna de Proudhom. Pero ahí quedó la cosa, "me gustó", y punto. Recuerdo que en aquellos años era comunista y había hecho "amistades" con muchos anarquistas: anarquistas que no tenían nada que ver con el anarquismo en realidad, que de anarquismo poco habían leído y que lo eran porque ellos me lo decían y porque se distinguían por sus ropajes de tribu urbana. En aquella época me parecía increíble ver cómo los anarquistas de izquierdas (porque eran de izquierdas, y anarquistas los hay de muchos tipos) odian a muerte a los comunistas. En fin, la historia del anarquismo en España está ahí, así como la historia compartida entre el anarquismo y el marxismo, en la que animo que indaguen y observarán que esa disputa y odio viene de muy lejos; y claro, como esas disputas se van transmitiendo de generación en generación, pues...

Disculpen esta digresión. Empecé con la intención de hablar de una cosa y acabé hablando de otra.

En los colegios no se enseña ningún tipo de disciplina. No se enseña porque primeramente los no comprometidos socialmente son los de arriba, que animan esta situación de decadencia. Los propios docentes, además, no están motivados en muchos casos y no pueden ejercer ninguna autoridad: su labor no puede apenas realizarse (quizá piensen que exagero, pero conozco muchos testimonios personales y no es difícil encontrar noticias que respalden mi argumento). No hablo de volver a la vara y a la mano abierta, sino a volver al respeto por la persona que debe ejercer una autoridad. Y es que a los niños y adolescentes cuando, como a los anarquistas que nunca han leído nada sobre anarquismo, les entra por una oreja la palabra autoridad se ponen como locos, como hienas, y empiezan a llamar a todo el mundo fascista, hasta a la profesora marxista-leninista. Si no hay orden allí donde reina el caos, si un hombre por sí mismo no es capaz de ordenarse, es necesaria una disciplina, una autoridad y a la postre un liderazgo. 

Una buena forma de educar a los jóvenes y a los no tan jóvenes es en la lucha. El entrenamiento duro, los deportes de contacto... fortalecen el espíritu. Un espíritu fuerte darán al individuo, si su voluntad le deja, si con su voluntad es capaz, una mentalidad y una forma física acordes con su espíritu. Y esto debería inculcarse en los colegios, en los institutos, etc. Porque la lucha educa. Y también habría que fomentar el ajedrez, como elemento puro de lucha intelectual, de escenificación de la guerra en un tablero. Porque el guerrero debe ser un buen estratega además de utilizar como un dios sus puños. Una lucha sin cabeza no es propia de un hombre, sino de una alimaña.

Quizá a muchos le parezca violento. Y claro, lo es... ¡lo soy! Pero la violencia y un buen puño han hecho más cosas buenas... y bellas por el mundo que cuatro palabras e ideas melosas que han postrado al individuo en la pusilanimidad, en el hastío, en el burdo pacifismo (que no consiste en buscar la paz, lo cual sería lícito, sino en dejar que te peguen), etc.

Y no se lleven las manos a la cabeza, no se trata de ir por la calle como un matón, no se trata de abusar de nadie, no se trata de dar rienda suelta a la violencia gratuita. Es todo lo contrario, es autodisciplinarse, es ser más fuerte, es tener más control, y todo eso se consigue a voluntad, cultivando el arte de luchar, la lucha física e intelectual. Y la mente intelectual primero, el puño después... porque cuando ya no se puede razonar 'con el otro' hay que golpear.

Y tal como están las cosas es el turno de cualquier cosa menos de hablar. Recortes, prebendas a la banca, paro al alza, etc. Una sociedad bien instruida, bien cultivada y sana, no habría votado lo que votó en las últimas elecciones. ¡Es que no habría dado tiempo a ello! Un pueblo sano no querría votar, sino tener soberanía; un pueblo fuerte no querría libertad, es decir, que se la dieran, sino conquistarla. Sobre todo, un pueblo maduro, un pueblo que ha recibido tales golpes de sus políticos, banqueros, sindicatos... no aguantaría tanto sin hacer nada al respecto. ¿Y aún queréis hablar? ¿Aún no os queréis defender?.■

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LA VIOLENCIA Y SOREL: LA CARA Y LA CRUZ DE LAS IDEOLOGÍAS

Georges Sorel (1847-1922), teórico político y filósofo social francés. Nació en Cherburgo y estudió en la Escuela Politécnica de París. Tras culminar su formación, ingresó como ingeniero en el Departamento de Puentes y Carreteras del gobierno francés, permaneció como funcionario del Estado hasta 1891, año en que presentó su dimisión. Sorel fue un destacado dirigente y teórico del movimiento sindicalista revolucionario. Creía que el poder debía pasar de la decadente clase media a la clase trabajadora, y que este objetivo sólo podía lograrse a través de una huelga general que, para ser efectiva, debía ser violenta. Después de 1909 rompió con el sindicalismo y abrazó durante un breve periodo el monarquismo protofascista de Action Française (Acción Francesa, grupo fundado por Charles Maurras), para pasar después a apoyar la causa de la Revolución Rusa. La filosofía de Sorel tuvo una repercusión considerable en muchos teóricos políticos, como fue el caso de Benito Mussolini y de Lenin. Su obra más importante es Reflexiones sobre la violencia (1908).
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Sorel es un personaje histórico controvertido que posee un magnetismo potente por sus cambios aparentes y repentinos de ideología: lo mismo está con los comunistas que como con los ultraderechistas pero siempre existe un denominador común: su adhesión a la clase trabajadora. Aunque tal vez jamás hayan existido tales cambios y sí una aptitud obstinada, decidida y revolucionaria.

Siempre se ha hablado del proletariado y de su dictadura como ideas marxistas que adoptaron los partidos comunistas y los grupúsculos anarquistas ya fueran dispersos u organizados. Pero nunca se habla del proletariado fascista y ultraderechista que defienden desde la otra cara de la moneda otra especie de seguidores de la dictadura del proletariado, grupos de derecha que al menos sostienen un discurso populista y demagogo hacia el pueblo, porque seamos sinceros, una vez en el poder, y ya sea la izquierda o la derecha, quien manda es el que tiene el dinero y no las ideas por las que se ha luchado. Al final, los intelectuales o los utópicos apropiados o no por un bando u otro (en otro artículo hablaremos de los utópicos de la izquierda y de los desconocidísimos utópicos de la derecha) se convierten en víctimas de revolucionarios maniatados por el poder económico.

La Falange española, la de José Antonio, por ejemplo, tiene mucho en común con el comunismo, por su visión proletaria. Se entiende así cierta antipatía de Franco que maquillaría después con esa santificación de José Antonio Primo de Ribera. A grandes rasgos, la falange era un grupo proletario que defendía la religión, la tradición española, la desaparición de los partidos (que se traduciría en el partido único, supongo) y la unidad del país. Pero no nos extendamos en este punto, ya profundizaremos en las convergencias entre falangismo y comunismo, derecha e izquierda en otro artículo.

Pero algo en lo que sí confluyen grupos de ultraderecha y de izquierda de carácter clásico y que deben comentarse, es la defensa de la violencia para conseguir el poder y el partido único. Sin duda alguna, la violencia es el arma de las ideas cuando éstas pierden peso y calado en los oídos de la gente, el arma de los desheredados y dominados que despiertan y que se rebelan contra el poder, el arma del propio poder estatal, con el que intenta maquillar su debilidad e inconsistencia argumentativa. Por supuesto, así entendida la violencia como sinónima de revolución.

Sin duda alguna la violencia solamente trae más violencia, pero es la única respuesta contra la violencia porque poner la otra mejilla supondría la muerte u otro daño irreparable. Por lo que cuando las palabras no paran un golpe es necesario defenderse. A su vez la violencia genera miedo, y entre los miedosos la violencia surge como respuesta contra su propia debilidad, como una forma de crecerse. ¿Entonces, qué es mejor? ¿Es defendible la violencia? La violencia solamente es defendible cuando ésta constituye una defensa legítima, ¿y qué es una defensa legítima? Pues no miren en los libros de derecho y en ninguna legislación de algún país, porque lo que comento repercute a una dimensión filosófica y ética que requiere de muchas más vueltas que la sentenciosa e insensible normativa de las legislaciones, cuyas aplicaciones pueden ser poco justas.

El propio derecho puede justificar una acción violencia, es decir, sustentarla, proteger ese hecho delictivo, incluso la guerra se puede defender mediante el derecho internacional, aunque sea una guerra ilegal para los hombres de ética. ¿No existe pues una antítesis o contradicción entre la ética positiva (la que tiende al bien) y la ética deontológica (limitada, relativa e insensible, poco humana en definitiva)?

De una forma u otra, lo que si debemos tener claro es que la violencia procede de la debilidad del hombre, ya se sea la víctima o el verdugo. Las víctimas de la violencia pueden ser los verdugos del futuro, pues no existe mayor debilidad que dejarse embaucar por el odio y el resentimiento, emociones negativas de una furia descomunal y que dan lugar a venganzas salvajes. Al final, lo que se esconde debajo de todo acto violento no son sino nuestras peores compañías, nuestras peores emociones, nuestras descargas más destructivas, pues no es posible la violencia que construye, la violencia creativa; sin duda alguna la violencia puede metaforizarse poéticamente en torrenciales lamidos de amor y en puñetazos de besos, en cuadros, en cine, en literatura y en todo ate (alcanzando éxtasis de belleza), pero desde una dimensión más real llena de cicatrices, la violencia nace de lo peor del ser humano, de aquello que le convierte, sin duda, en más hombre, en más animal: el miedo, el odio, el resentimiento… Y nadie se libra de la furia de esas emociones, pues tan tremendas e incontrolables son. El mundo en el que vivimos, por lo tanto, es una ensalada de emociones negativas llena de víctimas y de verdugos donde brotarán los odios y las venganzas del futuro.
Pero aún con un espíritu fuerte que prodigue la no agresión puede germinar la violencia con fuerza, pues al fin y al cabo no hay nada más peligroso ni existe hombre más digno a temer por el débil (el violento) que la propia imagen de un hombre fuerte cuya arma es presentarle su propia flaqueza e inmoralidad. Hoy en día no hay ni heroísmo ni gloria en los hombres violentos, aunque si dignidad en aquellos que luchan por sus familias y el futuro de sus hijos y en aquellos que se han tenido que encauzar en una guerra irremediable y sin tregua provocada por los sordos-débiles, pues las guerras no son justas en esta época de presunción de civilización y supongo que la eternidad ya tiende a olvidarlos. ■